Suspense y misterio: diferencias, ejemplos y cómo utilizarlos

El miedo es, sin lugar a dudas, una emoción muy poderosa. De las que más, diría yo. Muchos psicólogos afirman, incluso que es una de las emociones básicas del ser humano.

El miedo, al fin y al cabo, nos ayuda a sobrevivir. Tal vez este sea el motivo de que casi desde el mismo momento en el que empezaron a contarse historias, estas empezasen a aprovechar esta emoción.

Para decir a los hombres primigénios qué hacer, a dónde no podían ir, o cómo debían comportarse. Si lo piensas fríamente, muchos cuentos populares asustan a los niños para convencerlos de que se porten bien y hagan caso a su moraleja.

En esta entrada, no obstante, no vamos a hablar de cómo se ha utilizado en el pasado. No, vamos a hablar de cómo se utiliza ahora. Porque aunque odiamos tener mucho miedo, nos encanta que las historias que leemos nos hagan sufrir un poquito. ¿Y cómo hacemos eso?

Mediante el suspense y el misterio.

Suspense, misterio y su uso en una historia

En esencia y pese a que ambos se alimentan de la misma emoción, el misterio y el suspense son fundamentalmente diferentes.

Para que exista un misterio es necesario que el lector no posea toda la información. Muchas historias se basan, precisamente, en que los protagonistas consigan desvelar uno, como por ejemplo:

  • Quién ha cometido un crimen como un asesinato o un robo en una novela policiaca.
  • Quién o qué está haciendo que desaparezca gente en un bosque con fama de estar maldito.
  • Cuál es la misteriosa enfermedad que ha dejado a un pueblo en cuarentena, y cómo podrán curarse.

El suspense, en cambio, se basa en lo contrario. Para que haya suspense el lector tiene que saber qué va a pasar. O al menos, creer que lo sabe.

Vamos a ver: si tu madre vive en un pueblo de diez personas, donde los vecinos entran y salen como si no hubiera puerta, encontrártela abierta de par en par a las diez de la noche no va a asustarte. ¿Qué vas a pensar? ¿Que hay un asesino suelto, o que la vecina Puri se ha pasado a saludar?

Lo más probable es que se dé el segundo caso. Ahora bien, si cambiásemos el escenario a un bloque de edificios en una ciudad con dos millones de personas, igual la situación nos inquieta un poco más.

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El misterio

Como ya he mencionado anteriormente para que existe un misterio, es necesario ocultar información al lector. Aunque es muy habitual en la literatura fantástica, la ciencia ficción y otros géneros como el policiaco, es un recurso que puede incluirse en cualquier historia.

En El médico, por ejemplo, nos pasamos buena parte de la historia preguntándonos cuál es esa enfermedad abdominal que mata a todos los que la padecen. Y en una novela romántica, uno de los dos protagonistas podría tener ciertos comportamientos que descoloquen a tus lectores hasta que se descubra su trasfondo.

Ahora bien, ¿es necesario dar respuesta los misterios que puedan surgir en una historia?

No necesariamente. Uno de los mayores reclamos de la obra de Lovecraft y del «terror cósmico» que creó, es que sus protagonistas humanos son incapaces de comprender los horrores que pueblan sus relatos. Y, por tanto, nosotros tampoco. El miedo a aquello que desconocemos es recurrente en el ser humano y este autor lo aprovecha en sus historias.

Los indicios

Si la historia que estás contando, sea una novela o un cuento, tiene un misterio central y quieres desvelarlo en algún punto de tu obra, el uso de indicios es imprescindible.

Sobre todo si esperas que esa revelación sea el giro final de la historia que estás narrando.

Como explico en mi entrada sobre el narrador sospechoso, no creo que a tus lectores les vaya a molestar en exceso que les mientas. Lo que les molesta es que no les des la oportunidad de descubrir la verdad antes de que tú se la reveles.

Dada su longitud, encontrar el equilibrio perfecto entre misterio e indicios en una novela puede ser más complicado. Mi recomendación es que recurras a lectores cero, ya que estos te pueden aportar información valiosa.

En el caso de un relato, no obstante, es algo más sencillo. Tiene la ventaja de que muchas veces se lee de una sola vez, por lo que tu lector tendrá frescos los indicios cuando termines el relato. Planifica en qué momentos vas a darlos y asegúrate de volverlos un poco menos sutiles en los últimos compases de la historia.

Lo más importante, no obstante, no es tanto que lo descubran en la primera lectura, sino que identifiquen esas migas de pan al descubrir la verdad o en una segunda lectura.

El misterio en las historias de terror

Una de las cosas que, desde mi punto de vista, tienen mucho éxito en las historias de terror, es aplicar la norma del «menos es más». Si quieres conocer un ejemplo muy claro de esta filosofía, compara la película original de Alien con las posteriores.

En Alien: el octavo pasajero, se sabe bastante poco de la criatura antes de que se la encuentre la tripulación protagonista. ¿Sus orígenes? Dan igual ¿La identidad de la nave donde encuentras sus larvas? Indiferente. ¿Sus habilidades? Las vas descubriendo conforme la criatura causa estragos en la nave y su tripulación.

Al limitar la información que los protagonistas saben sobre la «criatura», cuyas apariciones en pantalla son limitadas, la vuelves más peligrosa.

¿Por qué? Porque no conoces sus limitaciones, el alcance de sus capacidades o sus puntos débiles. Y eso la vuelve impredecible.

Este tipo de aproximación al villano es muy común en muchas historias de terror que tienen (en apariencia) un componente sobrenatural. Al desconocer si el antagonista es, o bien un fantasma, o bien una o varias personas, es difícil saber cuándo los personajes están a salvo o en peligro.

Este es el motivo, desde mi punto de vista, de que en el género del terror las secuelas no funcionen tan bien como en otros.

Cuanto más sabes, menos aterrador es aquello que debe asustarte.

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El suspense

El objetivo del suspense es, en pocas palabras, asustar al lector haciéndole creer que va a suceder algo malo. ¿Tiene que pasar? No. Al igual que en el misterio, la incertidumbre aquí vuelve a ser tu arma más poderosa.

Al igual que el misterio, el suspense no tiene porqué estar limitado a un solo género. Cuántas veces habremos visto la típica escena de película romántica, donde el protagonista decida ir a toda prisa a la estación para que la chica no se marche a otra ciudad.

Me atrevería a decir que cientos de veces. Estas escenas, no obstante, suelen funcionar bastante bien. 

  • Existe un peligro. Que el personaje en cuestión se marche y jamás vuelvan a verse y quererse y ser felices juntos y todas estas cosas que nos vende la televisión.
  • Existe una tensión. Porque, si algo puede salir mal y entorpecerle, lo hará.

¿Coge un taxi? Habrá un atasco.

¿Va en bici? La cadena se atasca.

¿Va en un patinete eléctrico? Uy, anoche enchufó mal el cargador, así que se le acaba la batería a medio camino.

Independientemente de la circunstancia que envuelva a la escena donde queres aplicar el suspense, mi recomendación es que la alargues.

Si tu personaje va a llegar tarde a un sitio, asegúrate de que mira la hora a menudo. Coloca obstáculos que le hagan perder el tiempo. Oblígale a improvisar, sobre todo si ese es su punto débil.

El suspense en el terror

Si, por otro lado, quisieras crear una historia de terror donde la vida de los personajes protagonistas esté en peligro, como sucede en la novela It de Stephen King, la descripción es un recurso muy útil.

Imagínate que existe la posibilidad de que el asesino haya entrado en casa del protagonista. En una situación así, el personaje estaría en guardia. Atento hasta el más mínimo detalle. Si las puertas de las habitaciones están como las dejó. Si se escucha algún ruido fuera de lo común, o no escucha algún ruido habitual. O, simplemente, si todas sus cosas están en su sitio. 

Cuando te sientes en peligro, el tiempo pasa muy despacio. Intenta transmitirlo. Convierte el texto en los sentidos del personaje. Y asegúrate de incluir su reacción a cada elemento fuera de lugar.

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La importancia de los personajes

Una vez alcanzamos la vida adulto, y los límites entre la realidad y la ficción empiezan a volverse más firmes, asustarnos hasta el punto de mirar bajo la cama empieza a ser más complicado. Eso no quita, que no pueda haber excepciones. Sobre todo cuando aquello que nos ha asustado es algo que sí podría existir en el mundo real. 

La mayor parte del tiempo, no obstante, tus lectores no van a pasar miedo por lo que pueda pasarle a ellos. Sino por lo que pueda pasarle a sus personajes. En el ejemplo anterior, si el personaje que corre a la estación de tren te cae bien, sufrirás con cada obstáculo. Si te cae muy mal, saborearás cada paso en dirección al fracaso.

Pero, ¿y si te da lo mismo?

Pues tu lector no sentirá ninguna tensión, aunque el pasaje esté bien escrito.

Por lo tanto, si creas personajes con los que tu lector pueda empatizar, tendrás la mitad del trabajo hecho.

Si no me crees, fíjate en todas las películas del género slasher, que tuvieron tanto éxito hace unos años. La premisa, no puede ser más sencilla: hay un asesino en serie que, por algún motivo, quiere matar al grupo de adolescentes protagonista. Cada uno de estos adolescentes tiene una personalidad diferenciada y, aunque recurren demasiado a estereotipos para mi gusto, gracias a esto pierden muy poco tiempo en presentaciones. Además, si has crecido en Estados Unidos, es muy probable que te identifiques con alguno de ellos. 

¿Y cuál es la trama de la película? Detener al asesino antes de que este los mate a todos. Si te fijas, la mayoría de las escenas en estas películas, tienen uno de estos dos objetivos:

  • Hacer que un personaje o te caiga muy bien, o tan mal que estés deseando que se vaya solo a un lugar oscuro. Ambas funcionan bastante bien.
  • Crear una situación de peligro aparente, que a veces es real y, otras, que el personaje está paranoíco.

¿Es sencillo? Sí. ¿Funciona? También. Al menos, hasta que la gente se acostumbra a la fórmula. Lo cual no quita, no obstante, que sean un ejemplo muy bueno.

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